Diciembre16

Lo malo de las historias inconclusas es que siempre vuelven en el momento menos pensado, para recordarte que la herida sigue sin cicatrizar del todo. Hoy, cuando mi amiga Lara me ha dicho que había vuelto a ver a Jota no he podido evitar sentir algo de nostalgia…
La última vez que yo le vi fue hace seis años, siempre quedábamos en una casa que le prestaba su mejor amigo, por entonces yo aún vivía con mis padres y él alegaba que su piso era compartido y apenas tenía intimidad, pero supongo que sólo era una excusa para que no supiera donde vivía, Jota siempre jugaba al despiste conmigo.
Teníamos un extraño protocolo marcado, las llaves de la puerta estaban bajo una maceta del porche, yo tenía que entrar sin llamar y una vez en la casa nunca sabía lo que me esperaba. A veces tenía deseos caprichosos y me pedía que no me pusiera nada bajo el vestido, yo me quitaba la ropa interior en el coche, antes de entrar, no me atrevía a salir sin ella por si acaso me paraba la policía en el camino o sufría algún otro percance, después, cuando volvía al coche con las bragas en el bolso, me sentía estúpida por obedecerle en todo, pero no podía evitar volver una y otra vez siempre que él me llamaba.
Otra de sus fantasías favoritas era bañarme, me desnudaba él mismo con premeditada parsimonia, me enjabonaba con sus propias manos y luego enjuagaba la espuma alternando el agua fría con la caliente hasta que lograba ponerme la piel de gallina, me volvía loca cuando hacía aquello, él lo sabía y jugaba conmigo hasta el punto de que en alguna ocasión, después de secarme con el mismo esmero, me pedía que me vistiera y me despedía sin ni siquiera hacer el amor.
Aquello duró de forma intermitente casi dos años, sólo muy de vez en cuando nos veíamos fuera de aquella casa prestada, me di cuenta de que jamás dejaría que le conociera del todo porque lo más probable era que ocultara algo. Yo solía bromear diciendo que nuestra historia era como El último tango en Paris, aunque sin mantequilla de por medio, pero la verdad es que ser Maria Schneider cada vez me hacía menos gracia.
Dejar a Jota fue una de las cosas que más me ha costado hacer y eso que no teníamos amigos en común, ni compartíamos aficiones y ni siquiera había una canción que me recordara a él porque nunca fuimos una pareja, pero hoy, cuando Lara me ha mencionado que lo vio de pasada en un bar del centro se me ha empezado a acelerar el pulso y hasta me ha temblado la voz. Estaba tomando café con una chica, me ha dicho sin darle importancia y no he podido evitar sentir celos, unos celos estúpidos que llegan a deshora, porque es evidente que siempre hubo otra chica que no era yo.