El sexo en Nueva York

Todo el que haya estado en Nueva York sabe que la gran manzana se parece más a las películas de Woody Allen que a las de Scorsese, pero tanto la televisión como el cine se han empeñado desde siempre en mostrarnos el lado más sucio y sórdido de Manhattan.
Lo revolucionario de Sex and the city no es que por primera vez se hable abiertamente de la sexualidad femenina en una serie de televisión, que también, sino que se acabe de una vez por todas con el mito de un Nueva York peligroso, lleno de tiroteos, prostitutas y camellos. Claro que luego corres el peligro de creer que todos los neoyorquinos se pasan el día bebiendo Cosmopolitans, ligando en restaurantes de lujo y paseándose por el West Village con tacones de Jimmy Choo.
El éxito de Carrie radica en que muchas mujeres se pudieron identificar con ella y con sus múltiples fracasos sentimentales, por fin se emitía por televisión una serie adulta no contaminada por la visión unilateral del sexo que nos llevan vendiendo toda la vida los escritores, guionistas y cineastas masculinos.
Y sí, todas nos hemos enamorado alguna vez de un cabrón guaperas que nos ha roto el corazón al más puro estilo Mister Big, pero eso es lo de menos, porque lo que importa de la serie no es la historia de amor, que de esas ya tenemos en todas las cadenas, sino las historias de cama por las que van pasando las protagonistas desde el tío que sufre un gatillazo al novio que te insiste una y otra vez en montar un trío.
Ahora llega el estreno a la gran pantalla y aunque dicen que la peli es larga, aburrida y no cuenta nada que no hayamos visto ya en la tele, habrá que ir a verla, aunque sólo sea para poder ver por última vez las correrías de estas cuatro amigas por las calles de Manhattan que tan buenos recuerdos me traen de mi época de estudiante en Nueva York.
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