El zapatero prodigioso

Luisi, cuyo romance con su compañero de curro quedó en stand by tras su pequeño escarceo en la sala de fotocopias, vino a verme el jueves antes de ir al zapatero:
- No sabes lo que me pasó cuando fui a ponerle unas tapas a mis sandalias nuevas. Me presenté toda simpática y le dije al zapatero “mira, mira, mira que cosa tan bonita te traigo” y le planté los zapatos sobre el mostrador. “Me los acabo de comprar en Ediburgo y quiero ponerle otras suelas para que no hagan ruido cuando ando, pero por favor ten mucho cuidado que están sin estrenar”. El tío les da la vuelta, los mira un rato y me pregunta: “¿dónde dices que te has comprado esto?, “en Escocia” le dije yo orgullosa de mi compra, “¿en Ezcocia?, pero si esto está hecho aquí”, “no puede ser, ¿y usted por qué lo sabe?”, “porque llevo más de 30 años en el mundo de la zapatería, bueno por eso y porque aqui pone made in Spain”.
Desde luego lo que no le pase a Luisi no le pasa a nadie, mira que irse tan lejos para acabar comprándose unas sandalias que en Elche le hubieran salido a mitad ya es mala suerte. El caso es que la acompañé a recogerlas y mientras esperábamos que nos atendieran me confiesa:
- Pues a mí el zapatero me pone un poco…
- Pero ¿qué dices?, es gordo, calvo y viejuno…
- No hombre, ese no, el otro.
El otro no era gordo ni calvo, pero si viejuno. Era una mezcla entre Starsky, el de Starsky y Hutch y Alfredo Landa, con los ojos azules y la nariz de porreta
- Luisi por favor, es muy mayor, a este paso vas a tener que irte de ligue al geriátrico.
- Qué dices, tendrá cuarenta y pocos.
- Yo creo que tiene cincuenta y muchos, mujer y tres hijos.
- Chica no pretendo casarme con él, pero un revolcón si que me daba, a mi es que me exicta mucho verle dándole al martillo.
- ¿Me estás tomando el pelo verdad?
- Sí, un poco, aunque los hombres rudos me gustan cantidad, imagínate follando sobre el mostrador, con todos esos zapatos en la horma.
- Debe ser la fantasía de todo fetichista…
Recogimos las sandalias y nos fuimos de la tienda, mientras Starsky seguía cambiando tacones ajeno al interés que suscitaba, el otro zapatero se despidió de Luisi de forma muy cordial, llamándola Luisita y deseándole suerte con sus sandalias nuevas, sospecho que mi amiga no era la única que fantaseaba con echar un polvo sobre el mostrador de la zapatería…



