Marzo6

Hay una ley no escrita que toda mujer sabe de forma implícita que debe respetar: no acostarse con el novio de una amiga, ni con el ex novio, ni con el hermano, padre o cualquier otro familiar en primer grado. Como toda regla tiene sus excepciones, pero en general es mejor respetarla porque los daños colaterales suelen ser catastróficos. Sé de amistades que se han roto porque en una noche de borrachera una se dio un pico con el ex rollo del instituto de su mejor amiga. En cuanto a las familiares la cosa es aún peor, por aquello de que la sangre siempre es más espesa que el agua.
El verano pasado una amiga holandesa me invitó a su boda, nos conocimos en un campamento de inglés cuando teníamos dieciocho años y desde entonces somos buenas amigas, aunque por desgracia la mayor parte del tiempo en la distancia. Así que la boda era una buena oportunidad de volver a reencontrarnos y de paso visitar por unos días el país de los tulipanes.
Lo que yo ignoraba es que su hermano pequeño Erik, al que sólo conocía por una antigua foto en la que vestía el uniforme del cole y llevaba aparato, había crecido bastante desde entonces y ahora que le habían quitado los braques tenía una sonrisa perfecta. La única pega es que yo era la amiga de su hermana mayor y él sólo tenía 18 años, así que haciendo acopio de toda mi fuerza de voluntad intenté apartar mi mirada de sus impresionantes ojos azules para volver a concentrarme en los tulipales y los cuadros de Van Gogh. Estoy segura de que lo habría conseguido si no fuera porque notaba que él también se había fijado en mí.
Mi amiga vivía con su novio/futuro marido en Rotterdam pero la boda se celebraba cerca de Amsterdam donde residían sus padres, así que todos estábamos alojados en la casa familiar. Cada noche, cuando me iba a dormir, recordaba que Erik estaba bajo el mismo techo y deseaba con todas mis fuerzas que entrara de madrugada en mi habitación, pero claro esas cosas sólo pasan en las películas y a mí me parecía muy descortés colarme en su cama sabiendo que sus padres dormían a sólo unos metros de distancia, yo era su invitada y seis años mayor que él, aunque no era menor podrían haberme acusado de corrupción o al menos de ser una maleducada.
Total que me contuve hasta que al fin llegó el esperado día de la boda. La novia iba guapísima, el baile fue divertido y la barra libre no estuvo nada mal, pero a eso de la una, siguiendo el horario europeo. la fiesta se acabó. Mi amiga se quedaba a pasar su noche de bodas en la suite de un hotel y yo me volvía a casa con Erik. No sé si fueron los cocktails, las dos caladas que le di a un porro o los tres días que llevaba tratando de contenerme, pero antes de bajarnos del coche le planté un beso. El chico me correspondió y acabamos haciéndolo en el asiento de atrás, que era menos cómodo que en la cama pero mucho más discreto.
Al día siguiente me sentía fatal, ¿debía contárselo a mi amiga?, no me parecía buena idea pero siempre era mejor que se enterara por mí a que lo descubriera después, ¿guardaría él el secreto o iría fardando de haberse tirado a una chica mayor?, ya sé que seis años no son muchos, pero cuando acabas de cumplir los 18 los de veintitantos parecen de otra generación. Total que mientras mi amiga me llevaba al aeropuerto intenté abordar el tema de forma discreta y le solté las típicas chorradas para tantear el terreno: qué bien me ha caído tu hermano, qué raro que no tenga novia, lástima que sea tan joven… Y para mi sorpresa mi amiga, lejos de darme la razón me contó que para su edad el chico era bastante avanzado y que ella mismo vio como el verano anterior, en una fiesta, se ligaba a una divorciada de 40 a la que esa misma noche se tiró, por entonces él sólo tenía 17 y todavía estaba en el instituto.
Me quedé de piedra, yo sintiéndome mal y el crío ya se había acostado con la Señora Robinson, aunque me di cuenta que mi amiga no se habría enfadado por mi desliz, preferí callarme, después de todo quizá nunca le volviera a ver y era mejor que las cosas siguieran como estaban entre nosotras.